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10 ago 2011

El diario de Ana Frank

Niños, en el sector "ENLACES PARA VISITAR" les subí el link del libro para leer "en línea"

Dice: EL DIARIO DE ANA FRANK (TAMBIÉN PUEDEN HACER CLICK ACÁ)

31 jul 2011

Seguimos comparando

Fecha de entrega: Miércoles 3/8

¡Volvemos!

Actividades:

Seguimos comparando

1. Leé los cuentos "La niña y las setas" de León Tolstoi y "Final para un cuento fantástico" de I. Ireland.

2. Completá la ficha biográfica de ambos autores y la grilla de seguimiento de lecturas

"La niña y las setas"

3. Respondé:

a) ¿Cómo imaginas el lugar en qué se desarrolla la acción y el ambiente en que viven las niñas? ¿Se parece en algo al ambiente del cuento "Grisha" de Chejov?

b) ¿Qué relación parece tener la hermanita menor con la mayor?

c) ¿Por qué este cuento se llama "la niña y las setas" y no "Las niñas y las setas"?

d) La niña que corre peligro en el cuento termina salvándose. El final parase milagroso pero no lo es. ¿Cómo explican lo que sucedió?

e) En qué se diferencia este narrador del de "Grisha"? (tengan en cuenta en que persona narra; que tiempo verbal usa; si conoce lo que hace, piensa, siente y cree solo una de las hermanas o las dos)

f) ¿Qué desenlace temen los lectores del cuento? ¿Se cumple el desenlace esperado?

"Final para un cuento fantástico"

4. Respondé:

a) ¿Cómo te enterás de lo que sucede?

· Por lo que cuenta el narrador

· Por lo que dicen los personajes en el diálogo

· De ambas maneras

b) ¿En qué persona está narrado el cuento?

c) ¿Qué personaje parece saber más que el otro personaje y qué el narrador?

d) ¿Hay en este relato indicaciones relativas al espacio y al tiempo?

e) ¿Cuál es el elemento inexplicable que hace que este cuento sea fantástico?

3 jul 2011

El cuento colectivo

Este tipo de cuento consiste en escribir una historia entre varios autores, manteniendo la coherencia y la cohesión del texto. cada autor comienza a escribir su narración y luego de uno o dos renglones se lo pasa a su compañero quien a su vez hará lo mismo con otro compañero y así sucesivamente, TODOS los participantes escriben simultáneamente, cada uno en un cuento.
Cuando el inicio del cuento regresa a su escritor original, éste debe redactarle el final.



El cuento de Mora:

Había una vez unos chicos que fueron al cine y vieron una película de terror y cuando salieron fueron a un cumpleaños de un amigo de ellos y comieron piza, tomaron coca y se quedaron con dolor de panza pero de pronto se mejoraron porque vino un fantasma.


El cuento de Camila:

Un día en el parque se encontraron unos chicos a jugar a la pelota. También jugaron al vóley y se divertían mucho. Comieron papas fritas y Coca Cola pero en un momento un  chico se desmayó y lo llevaron rápidamente al hospital pero estaba bien. Había hecho una broma de muy mal gusto.




El cuento de Ariana:


En 1982 se hizo la batalla por las ciudades vecinas porque los de blanco odiaban a los de negro porque tenía diferencias como por ejemplo como eran de otra raza pensaban que estaban mal y todos tenían que ser blancos. Otra puede ser grandes o petisos pero se arreglaron y todo quedó bien.


El cuento de Tomás:

Había una vez un chico muy pobre que no tenía para comer y un día lo llamaron de una compañía de teléfonos para que trabaje allí y le pagaban Con mucho dinero pero un día el hombre se hizo grande y lo perdió todo.


El cuento de Fernando:

Había una vez un animal llamado Gordon, era un elefante. El había descubierto un país en una partícula. Se llamaba el mundo de Los Quien y eran muy patéticos porque no sabían ni cuanto era uno más uno.

24 jun 2011

TP "El Cuento Realista"


Regreso al cuadrilátero

Como periodista especializado en el viril deporte de los puños, pienso que ha llegado el momento de explicar al público las causas que ocasionaron la suspensión de la tan esperada pelea Inolfo Soroeta – Félix Durán Iguri. El tiempo ha pasado y la diferente óptica que aporta el devenir de los días puede hacer más comprensible aquel suceso, lejanas ya la emoción y la euforia.
Debo reconocer, ahora, que yo no estaba muy convencido de la vuelta al ring de Félix Durán Iguri “El sibarita del cuadrilátero”. Había pasado mucho tiempo desde que el muchacho de Villa Ángela decidiera abandonar el boxeo, para ser más precisos, desde aquella noche en que, combatiendo con el panameño naturalizado irlandés Dely McNally, no lograra visualizar los números que marcaban el paso de los rounds.
–Los números eran bien grandes –me reconocería Félix años después– para que pudieran ser vistos desde las últimas filas cuando los mostraban desde el ring las pibas. Pero yo no alcanzaba a divisarlos.
Comprendí, allí, que mi visión no era la mejor para un pugilista.
Esa disminución óptica, sumada al golpe que sufrió Félix al enredarse en la primera cuerda cuando subió al cuadrilátero, apresuraron su retiro.
Y allí pareció cerrarse la proficua y exitosa campaña del noble pegador chaqueño, uno de los campeones argentinos y sudamericanos más brillantes que hayamos tenido.
Lo encontré un par de veces más luego de su retiro y hallé a un hombre conforme con su destino, habituado a la comodidad de la vida de hogar, lejos de los fragores del combate y la exigencia desmedida de los gimnasios. En un pequeño negocio de su barrio, vendía esponjas, vendas y hasta aserrín que su espíritu previsor lo había llevado a recolectar durante su prolongado paso por los rings del mundo.
Pero de pronto estalló la noticia: “Félix Durán Iguri vuelve a pelear”, “El sibarita de Villa Ángela regresa al ring”. Confieso que me resistí a creerlo y hasta llegué a pensar que se trataba sólo de alguna delirante versión sin asidero lanzada por alguna publicación sensacionalista. Recurrí al medio más directo para confirmar tal especie: llamé a Félix.
–Es verdad, Gordo, vuelvo –me saludó desde el otro extremo de la línea telefónica–. Tenés que comprenderme, extraño el olor a aceite verde, los ruidos del gimnasio, el salto de la soga y aquellos trompadones fulminantes que solían pegarme en la ceja izquierda.
Corté sin contestarle. Intuí que Félix también añoraba, aun ocultándolo, el clamor de las multitudes gritando su nombre, su apellido en letras de molde, la gloria tras cada victoria sobre el cuadrilátero. Para colmo, otros púgiles, por esos días, habían regresado a la lid tras largo ostracismo con evidente éxito, y cito los casos de Ray “Sugar” Leonard, Juan Domingo “Martillo” Roldán, Esteban “Neófito” Higgams y Santos Benigno Laciar.
El periodismo todo se hizo eco de la decisión de Durán Iguri, saludando su pronta vuelta. Sólo la revista católica Esquiú puso algún reparo a su intento, publicando una plegaria extensa bajo el título de “Ofrenda adelantada por quien volará a tus manos, Señor”. Y también el quincenario médico Tiroides arriesgó una crítica sutil, advirtiendo sobre los riesgos ciertos que corren las personas empecinadas en acusar el peso correcto en la báscula, procurando dar la categoría. Pero, en líneas generales, el ambiente deportivo celebró el retorno del ídolo.
Mi preocupación se tornó completo malestar cuando me enteré de que la Asociación de Box había elegido como rival de Félix en su combate de reaparición a Inolfo “Carpincho” Soroeta, un joven famélico de fama y con dos puños que encerraban la potencia destructiva de los proyectiles antitanques.
No quise asistir a los entrenamientos de Durán Iguri, previos al combate. Supe, eso sí, que en los primeros días de gimnasio, sus articulaciones rechinaban con sonidos que hacían mal a los dientes y que sus flexiones de cintura consistían en agacharse y luego agacharse un poco más, dado que le era imposible recuperar la vertical. Que se había mostrado desenvuelto, sin embargo, cuando gateaba hacia las duchas. Tampoco quise leer los diarios anticipando el encontronazo. Pero no pude evitar ir a ver la pelea, la noche del evento, ese 15 de mayo de 1978. Y aguzaré mi memoria para contar con la mayor precisión posible los detalles que fueron conduciendo los hechos a ese final imprevisible.
El Luna, recuerdo, tenía el aspecto de los grandes acontecimientos y vino a mi mente, repetidas veces, aquella otra inolvidable velada de la pelea Gatica Prada, cuando Alfredo fracturó la mandíbula del recordado Mono. Y también aquella noche de la presentación de “Holiday on Ice” cuando la primera patinadora se estrelló contra la valla de contención.
Yo estaba prácticamente sobre el ring, ya que me había agenciado una cámara fotográfica para poder acercarme a los gladiadores. Pude apreciar, entonces, el rostro imberbe y reconcentrado de Inolfo “Carpincho” Soroeta, aguardando la llegada al tapiz del antiguo campeón. En su bailoteo, no dejaba de observar el pasillo que traería los pasos de Durán Iguri, el hombre que ya era una leyenda para el boxeo latinoamericano, el púgil sobre quien él seguramente había escuchado hablar desde la primera vez que entrara a un gimnasio. Para colmo, Félix Durán Iguri tardó una eternidad en llegar al ring. Saludado por una ovación impresionante, se demoró estrechando manos dejando un saludo acá y un frase allá, a todo aquel que quisiera verlo de cerca, tocarlo, darle su voz de aliento en el trayecto hacia el encordado. Allí pensé que quizás ese solo hecho, ese cálido recibimiento al ídolo de otrora, podría justificar el esfuerzo sobrehumano de Félix por recuperar la gloria de otros tiempos. Lo cierto es que Félix Durán Iguri llegó a pisar la lona, no sin dificultad, y se encaminó hacia el centro del ring. A la luz despiadada de los focos pude apreciar su cutis ajado, la calvicie que iba descubriendo un cabello frágil y un ligero temblequeo de su barbilla, producto, quizá, de los nervios.
De cualquier modo, Félix no dio tiempo a nada y sucedió lo que yo tanto temía. Se acercó a su joven oponente que lo miraba con una mezcla de respeto y reverencia, lo tomó del brazo y le dijo:
–En este mismo ring, pibe, cuando yo tenía tu edad, me acuerdo que peleé con Tito “Azafrán” Piacenza, pobrecito, que ya murió. Mirá, tendría más o menos tu mismo físico, algo más retacón, pero rubio, porque era rubio Piacenza. ¿Sabés cómo le decían a Piacenza? “El cartucho de Las Varillas”, porque parecía un cartucho de municiones cuando golpeaba. Tiraba en todas direcciones y sin embargo, esa noche a mí no me llegó a pegar una sola trompada. Mirá, acá está el Gordo Santamaría que no me deja mentir. ¿No es cierto, Gordo? Mi manager, que en ese entonces era don Eusebio Colomina, me dijo en el descanso del cuarto round: “Dejá que te pegue alguna trompada, porque tira tanto aire cuando erra que ya me lo resfrió al Juancito”. Juancito era Juancito Etcheverría, un pan de Dios Juancito, que siempre nos ayudaba en el rincón. Acá, don Ismael, se debe acordar. Ismael Arias, el árbitro del encuentro, asintió con la cabeza.
–Y también solía venir Luisito Higueras –siguió Félix–, el pibe que me hacía de esparring, hoy finado también, pobrecito Luis, tan buen chico. Y me acuerdo que Luisito se iba al almacén que había al lado de “La Triunfal” y se aparecía con un paquetón de galletitas “La Violeta”. Todas las tardes se aparecía con un paquete de galletitas, Luisito. Eran unas galletitas medias ovaladas, dulces, muy ricas con manteca o mermelada. No había tarde en que no apareciera con las galletitas “La Violeta” cuando todavía Venezuela era mano para acá, no como ahora. Y en el gimnasio estaban Corpúsculo Beitía, Armandito Lucchón, Isidro Soroeta... ¿no era nada tuyo ese Soroeta, pibe?
–Mi viejo.
Pude ver cómo se transfiguraba de emoción el rostro de Félix.
–¡¿Tu viejo?! ¿Isidro era tu viejo, pibe? –repetía incrédulo, mirándolo con mayor detención, a su rival–. ¿Vos sos hijo de Isidro Soroeta? ¡Pero mirá lo que son las cosas! Con tu viejo fuimos grandes, pero grandes amigos. ¡Isidro Soroeta! Gran muchacho, un caballero del deporte... ¡Mirá pibe... –Félix, siempre tomando al muchacho por el brazo, señaló hacia un rincón del Luna–. Tu viejo siempre se sentaba allá, en aquella punta; cuando no peleaba, lógicamente, ahí donde está ese cartel de zapatillas que en aquel entonces era de “Bragueros Patria”. Y, desde ahí, yo lo escuchaba gritar, alentándome “¡Vaaaamos Félix!”, porque él me decía Félix, con ese vozarrón que tenía...
–Sí, tenía voz fuerte.
–Un vozarrón tenía tu viejo. ¡Pero mirá vos que alegría! ¡El pibe Soroeta! Y había días que, con tu viejo... Vení, vení sentate...
Todos, con una confusión de sentimientos, vimos cómo Félix Durán Iguri conducía a “Carpincho” Soroeta hasta su propio rincón y lo sentaba en el banquito. Luego, se ponía en cuclillas junto a él y continuaba el relato.
–...y con el Vasco Miguelito... ¿lo alcanzaste a conocer al Vasco Miguelito?
–Sí, sí, ¿cómo no?... Nos íbamos a cenar, después de las peleas, a “El Fideo Fino”, de Pasco y Roca, que ya no está más, y fijate, pibe, que el Vasco no nos dejaba pagar, porque decía que guardáramos la guita para nuestras viejas, mirá vos la bondad de ese hombre... ¡Se murió el vasquito! Una tarde me llamó y lo fui a ver al hospital Centenario y me dijo “Félix –porque me decía Félix– Félix, cuidalo al Tolo.
Cuidalo al Tolo”. El Tolo era un perro que él tenía, un salchicha. Y se estaba muriendo el vasquito, pobrecito, de leucemia. Y fijate vos que tu viejo, pibe, tu viejo, Isidro, tu Isidro, nuestro Isidro, fue el que le sacó al Vasco, ya muerto, el protector bucal para conservarlo de recuerdo. Ese era tu padre, pibe. Había tardes en que nos íbamos al cine a ver tres de cowboys...
Fue a esa altura del relato que Inolfo “Carpincho” Soroeta rompió a llorar, estrujado su corazón por aquella catarata de recuerdos y memorias. No nos sorprendió ya que, desde casi cuarto de hora atrás, lloraban el árbitro, los jurados, quien esto les cuenta y hasta gente que había parado la oreja desde el ring-side.
Cuando la campana llamó para el primer round, todavía Félix estaba evocando la figura de “Chamuyito”, un canillita que fuera amigo de todos los púgiles de entonces, hasta la negra noche en que lo atropelló un trolebús. Y ambos, Félix y el pibe Soroeta, lloraban como dos niños, como si no tuvieran nada que ver con los dos combatientes, los dos gladiadores, los dos leones que todos reconocíamos en la pelea.

Roberto Fontanarrosa, en El mayor de mis defectos y otros cuentos,
©1990 by Ediciones de la Flor S.R.L. Buenos Aires, Ediciones de La Flor, 1990.

Actividades:

1. Buscá la biografía del autor. Completá la ficha biográfica y la grilla de seguimiento de lecturas.

2. Investigá brevemente qué es el Luna Park

3. Buscá el significado de las palabras que están subrayadas y también de aquellas que no conozcas. Copiá las definiciones bajo el subtítulo "Vocabulario"

4. En el primer párrafo del cuento, el narrador plantea que va a “explicar las causas que ocasionaron la suspensión de la tan esperada pelea Inolfo Soroeta – Félix Durán Iguri”. Después de haber leído todo el cuento expliquen por qué se suspendió la pelea en la que Félix Durán Iguri volvería a boxear.

5. ¿Por qué había dejado de luchar anteriormente?

6. ¿Por qué cree el narrador que Félix Durán vuelve a pelear?

7. El narrador agrega: “Para colmo, otros púgiles, por esos días, habían regresado a la lid tras largo ostracismo con evidente éxito, y cito los casos de...” y enumera una serie de nombres de boxeadores que, luego de haber abandonado el boxeo, volvieron a pelear. ¿Por qué esta es una razón más para que "el muchacho de Villa Ángela” decida volver? ¿Por qué llama de esa manera a Félix Durán?

El narrador:

8. ¿Quién cuenta esta historia? 

9. ¿Es alguien que participa de los hechos que narra o es externo al relato? 

10. ¿Tiene alguna relación con el personaje principal? Relean el cuento desde los primeros párrafos e identifiquen la información que aparece sobre él.

11. El narrador no está convencido del regreso de Félix Durán Iguri, cree que ya no está en condiciones de volver a luchar, y su preocupación se evidencia en el modo en que hace referencia a él y a su futuro contrincante. Releé las partes del texto en las que el narrador explica por qué piensa que Félix no está en condiciones de volver a boxear, es decir, los fragmentos donde presenta al protagonista de esta historia.

12. Localizá el párrafo donde el narrador dice: “Mi preocupación se tornó completo malestar cuando…”. ¿Por qué aumenta su preocupación? Releé y copiá el párrafo donde el narrador se da cuenta de quién va a ser el contrincante de la pelea.

13. ¿Cómo se prepara Félix para el enfrentamiento y cómo es el aspecto de los dos luchadores el día del combate?

14. Anotá, en dos columnas, las palabras o expresiones que utiliza el narrador para
describir el estado o el aspecto de cada uno, que mostraría la desigualdad de sus condiciones. Por ejemplo:
FÉLIX DURÁN IGURI                                               INOLFO SOROETA
sus articulaciones rechinaban                                     joven famélico de fama

15. Una persona “famélica” es una persona que tiene hambre extrema. ¿Qué quiere decir el autor con la expresión “joven famélico de fama”?

16. En el diálogo que mantiene Félix con el pibe Soroeta en el ring, el antiguo campeón hace referencia a una gran cantidad de personas que ya no viven, a lugares que ya no existen, a carteles y calles que han cambiado; ¿qué evidencian estos hechos en relación con la edad de este hombre y su posibilidad de volver a pelear?

El Cuento realista:

17. ¿Cómo son los personajes de este cuento (el narrador, el protagonista, el joven Soroeta)? ¿Qué características tienen? ¿Qué cosas les pasan? ¿Alguno de los personajes de este cuento se transforma? ¿Hay alguno que pertenezca a una especie desconocida, como dioses, hadas, héroes…?

18. En el cuento se hace referencia a algunos lugares: el ring, un pequeño negocio del barrio, el gimnasio, el Luna, el almacén, la calle Venezuela, etc. ¿Qué características tienen estos lugares que los diferenciarían, por ejemplo, de los reinos lejanos o los hermosos castillos donde ocurren los cuentos maravillosos?

19. ¿Cuándo, aproximadamente, podría haber ocurrido esta historia? ¿Es posible creer que esta historia alguna vez haya ocurrido o pueda ocurrir? ¿Por qué?

20. Releé el diálogo que tienen los dos contrincantes cuando están sobre el ring. ¿Cómo son sus palabras y sus frases? ¿Se puede pensar que fueron dichas en forma oral? ¿Por qué?






Fecha de entrega: Viernes 1/7

10 jun 2011

Rebús

CHIQUILINES!!!!!!
Están re vaguitos con el blog!!!
A ver si aparecen por estos ciber pagos!!!!!


Por una Tita
Avisen a quien les debo Tita que el lunes las llevo SI o SI!!!!


7 jun 2011

CuentaCuentos

Proyecto de Lectura, escritura y producción escrita
"El club de los cuenteros"

Como parte del proyecto, nos visitó la narradora, Laura (mamá de Fran)
Los objetivos de este encuentro fueron:





  • Conformarse como una comunidad de lectores y escritores en el marco de la cual los alumnos puedan participar de experiencias sociales vinculadas con la literatura estimándolas como posibilidad de apropiarse del patrimonio cultural.
  • Fortalecer las relaciones intergeneracionales: entre niños y padres.
  • Despertar en los alumnos su curiosidad por la literatura más como hecho vivencial que educativo.

1º y 7º INTEGRANDO LECTURA

1° A y 7° A se reunieron en la Biblioteca de la Escuela para celebrar la Semana de Promoción de la Lectura. Se dividieron en grupos y la bibliotecaria les ofreció una selección de libros en una caja y les propuso explorarlos. Luego invitó a leer a los más grandes los libros que los pequeños preferían.
Todo se desarrolló en un clima de armonía, respeto e interacción; guiados por las docentes de ambos grupos.

Propósitos de esta instancia:
♠ Enfrentar a los niños con experiencias de comunicación auténticas
♠ Interactuar con usuarios competentes del lenguaje y con los propios pares.
♠ Desarrollar en los alumnos el placer de leer.
♠ Acercar a los alumnos una variedad de textos de diversos géneros.
♠ Desarrollar la escucha atenta y la participación oral.
♠ Participar activamente en las lecturas grupales.
♠ Comprender y disfrutar de la lectura de textos.

Se intentó que durante la reunión participen diferentes niños/as (chicos y grandes) con el objetivo de involucrar a todos en el proyecto y de compartir un espacio de lectura en común.
AQUÍ PUEDEN VER LOS RESULTADOS.

29 may 2011

Una Broma Pesada - Fernando Sorrentino

Otro de los cuento de Laura....



Esta mañana, cuando sonó el timbre del recreo largo, yo me quedé en el aula, pues debía terminar una tarea que había dejado incompleta.

Para tramar alguna maldad en secreto, también se quedaron Beveretti y Campitelli, que se parecían en cuatro cosas: los dos eran altos, despeinados, rubios y traviesos.

Jugueteaban con una cosa negra y desordenada. Era una araña enorme, gorda y peluda, pero no verdadera, sino una araña de goma, de esas que se venden para gastar bromas.

Con sonrisas de perfidia, Beveretti y Campitelli colocaron la araña dentro del estuche de los anteojos de la señorita Mónica. La maestra era una mujer muy flaca y muy angulosa, con aspecto de desdichada. Yo le tenía mucha lástima, pues había oído contar que no se había casado por cuidar a su mamá paralítica, quien pasaba la vida en silla de ruedas. Aunque, de todos modos, ¿quién querría casarse con una mujer tan fea y tan miope como la señorita Mónica?

Pero, sea como fuere, yo no quería perderme el instante en que la señorita Mónica tropezase con la falsa araña.

De regreso en el aula, la señorita Mónica se sentó frente a su escritorio y, mirándonos a nosotros, extendió mecánicamente —como siempre lo hacía— la mano izquierda para buscar sus anteojos.

Al tocar, junto con los cristales, el cuerpo de la araña, tuvo que girar la cabeza para ver qué diablos era aquello.

Su expresión fue de enorme sorpresa:

—¡Oh! ¡Una araña! —exclamó—. ¡Mi plato preferido!

Y, sin calarse los anteojos, se llevó la araña a la boca y se puso a cortarle, con afiladas y exactas dentelladas, las patas, que fue tragando con voracidad. Así comió las ocho extremidades, los pedipalpos y los quelíceros. En seguida, aquellos afilados dientes blancos, que cercenaban a modo de guillotinas, se hincaron con precisión metálica en el abdomen y el cefalotórax.

En éxtasis de placer, con los ojos elevados hacia el cielo raso, la señorita Mónica fue masticando y tragando ciegamente la goma dura e indigesta. Y comía con tantas, con tantas ganas, que ni Beveretti ni Campitelli ni yo, ni nadie, nos atrevimos a desilusionarla, y por eso no le avisamos que, en lugar de una deliciosa araña de verdad, sólo se había comido una insípida araña de juguete.

La Hora Cero de Ray Bradbury

Este es uno de los cuentos que nos contó Laura, la narradora.

LA HORA CERO
¡Oh, era maravilloso! ¡Qué juego! Nunca se habían divertido tanto. Los niños salían
como disparados por una catapulta a través de los verdes jardines, gritándose unos a
otros, tomados de la mano, corriendo en círculos, subiéndose a los árboles, riendo a
carcajadas. Sobre ellos volaban los cohetes y los autos-escarabajos susurraban en las
calles. Pero los niños seguían jugando. Cuánta diversión, cuánta desbordante alegría,
cuántos saltos y chillidos.
Mink entró corriendo en la casa, cubierta de polvo y sudor. Era, para sus siete años,
alta, fuerte y decidida. Su madre, la señora Morris, apenas podía seguirla con los ojos
mientras la niña abría violentamente los cajones y metía cacerolas y herramientas dentro
de un saco.
-Cielos, Mink, ¿qué ocurre?
-¡El juego más maravilloso del mundo! -jadeó Mink, con el rostro enrojecido.
-Para un momento. Te va a hacer daño -le dijo su madre.
-No. Estoy bien -dijo Mink-. ¿Puedo llevarme esas cosas, mamá?
-Pero no las estropees -dijo la señora Morris.
-¡Gracias, gracias! -gritó Mink y ¡pum! ya se había ido, como un cohete.
La señora Morris siguió con los ojos a la niña.
-¿Cómo se llama ese juego?
-¡La invasión! -gritó Mink, y dio un portazo.
Los niños salían de todas las casas con cuchillos y cucharas y atizadores. Aquellos que
tenían diez años o más despreciaban el asunto y se paseaban desdeñosamente
encaramados en zancos o se divertían con una dignificada versión personal del juego del
escondite.
Mientras tanto los padres iban y venían en sus escarabajos de cromo. Los obreros
venían a arreglar los tubos neumáticos, a componer los aparatos de televisión de
borrosas pantallas, o a martillar sobre las recalcitrantes máquinas de comida. La
civilización adulta pasaba y volvía a pasar junto a los ocupados niños, celosa de esa feroz
energía infantil, tolerantemente divertida, y deseosa de unirse a ellos.
-Esto y esto y esto -decía Mink, instruyendo a los otros y repartiéndoles tenedores y
tenazas-. Hagan esto y traigan aquello. No, tonto, ¡aquí! Eso es. Ahora sepárense.-Mink
apoyaba la lengua en los dientes, arrugando pensativamente la cara-. Así. ¿Ven?
-¡Sí! -gritaban los chicos.
Joseph Connors, de doce años, se acercó corriendo.
-Vete -le dijo Mink, mirándolo.
-Quiero jugar -dijo Joseph.
-No puedes -dijo Mink.
-¿Por qué?
-Te ríes de nosotros.
-No. De veras, no me reiré.
-No. Te conocemos. Vete o te echamos de aquí a empujones.
Otro niño de doce años se acercó en sus patines de motor.
-¡Eh, Joe! ¡Vamos! ¡No juegues con las mujeres!Joseph titubeó, pensativo.
-Yo quiero jugar.
-Eres grande -dijo Mink con firmeza.
-No tan grande -dijo Joe reflexivamente.
-Te vas a reír y estropearás la invasión.
El muchacho de los patines de motor resopló.
-¡Vamos, Joe! ¡Siempre con sus cuentos de hadas! ¡Son unas tontas!
Joseph se alejó lentamente, sin dejar de mirar hacia atrás, hasta llegar a la esquina.
Mink volvió a su tarea. Estaba construyendo, con sus utensilios, una especie de
aparato. Otra niña, provista de lápiz y papel, tomaba notas, lenta y trabajosamente. Sus
voces se elevaban y descendían bajo la cálida luz del sol.
Alrededor de los niños murmuraba la ciudad. En las calles se alineaban unos árboles
verdes, rectos, pacíficos. Sólo el viento alteraba la calma de las casas, el país, el
continente. En otro millar de ciudades había árboles y niños y calles y hombres de
negocios que dictaban sus cartas en tranquilas oficinas o que miraban las pantallas de
televisión. Los cohetes revoloteaban, como agujas de zurcir, por el cielo azul. Era la
universal y tranquila quietud de los hombres acostumbrados a la paz, totalmente seguros
de que nada volvería a turbarla. Todos los hombres de la Tierra, tomados del brazo,
formaban un frente unido. Las armas perfectas habían sido equitativamente repartidas
entre todas las naciones. Se había establecido una situación de increíble y hermoso
equilibrio. No había traidores, ni desgraciados, ni descontentos. El mundo se alzaba sobre
bases firmes. La luz del sol iluminaba la mitad del planeta, y los árboles se adormecían
acunados por una marea de aire cálido.
La madre de Mink, desde una ventana del primer piso, paseó los ojos por el jardín.
Los niños. Los miró un rato y sacudió la cabeza. Bueno, comían bien, dormían bien, y
el lunes volverían al colegio. Dios bendiga sus vigorosos cuerpecitos.
La mujer escuchó.
Mink hablaba seriamente con alguien que estaba cerca del rosal... pero no había nadie
allí.
Estos niños, qué raros. Y la niñita, ¿cómo se llamaba? ¿Anna? Anna anotaba en un
bloc de papel. Mink le preguntaba algo al rosal y luego le pasaba la respuesta a Anna.
-Triángulo -dijo Mink.
-¿Qué es un triángulo? -dijo Anna con dificultad.
-No importa -dijo Mink.
-¿Cómo se escribe? -preguntó Anna.
-T-r-i... -deletreó Mink, lentamente-. ¡Oh! ¡Escribe! -Siguió con otras palabras-: Rayo...
-¡Todavía no he escrito tri... ángulo! -dijo Anna.
-¡Bueno, rápido, rápido! -gritó Mink.
La madre de Mink sacó el cuerpo fuera de la ventana.
-A-n-g-u-l-o -deletreó.
-Oh, gracias, señora Morris -dijo Anna.
-De nada -dijo la madre de Mink y se fue riéndose a limpiar el vestíbulo con la
barredora electromagnética.
Las voces temblaban en el aire luminoso.
-Rayo -dijo Anna, allá lejos.
-Cuatro, nueve, siete, A y B, y X -dijo la seria y apagada voz de Mink-. Y un tenedor y
una cuerda y un hex.. hex... agón... ¡hexágono!
A la hora del almuerzo Mink bebió rápidamente su vaso de leche, devoró una rodaja de
pan y se lanzó otra vez hacia el jardín. La madre golpeó la mesa.
-¡Siéntate! -ordenó-. Serviré la sopa dentro de un minuto.
La señora Morris apretó uno de los rojos botones de la cocinera automática y diez
segundos más tarde algo cayó con un golpe sordo sobre la goma de la máquinareceptora. La mujer abrió la máquina, sacó un recipiente con un par de tenazas de
aluminio, lo abrió con una llave, y llenó de sopa el plato de Mink.
La niña, mientras tanto, se agitaba en su asiento.
-¡Rápido, mamá! ¡Es cuestión de vida o muerte!
-A mí me pasaba lo mismo cuando tenía tus años. Siempre era cuestión de vida o
muerte. Conozco la historia.
Mink se lanzó sobre la sopa.
-Despacio -dijo su madre.
-No puedo -dijo Mink-. Drill me está esperando.
-¿Quién es Drill? ¡Qué nombre raro! -dijo la señora Morris.
-No lo conoces -dijo Mink.
-¿Un vecino nuevo? -preguntó la mujer.
-Sí, es nuevo, de veras -dijo Mink, y comenzó a devorar su segundo plato.
-¿Dónde vive Drill? -preguntó su madre.
-Por ahí -dijo Mink, evasiva-. Te vas a reír. Todos se ríen, pobre.
-¿Es muy tímido?
-Sí. No. Algo. Oh, mamá. Voy a tener que correr para que haya invasión.
-¿Qué invasión es ésa?
-Los marcianos invaden la Tierra. Bueno, no son marcianos realmente. Son... No sé.
De arriba.
Mink apuntó con la cuchara.
-Y de adentro -dijo la madre, tocando la afiebrada frente de Mink.
Mink protestó.
-¡Te estás riendo! ¡Matarás a Drill y a todos!
-No quisiera hacerlo. ¿Drill es un marciano?
-No. Es... bueno... viene de Júpiter o de Saturno o de Venus. Pero le ha costado
mucho.
La señora Morris se llevó una mano a la boca.
-Me lo imagino.
-No sabían cómo atacar a los terrestres.
-Somos inexpugnables -dijo la mujer con una seriedad burlona.
-¡Eso mismo dijo Drill! Esa misma palabra, mamá.
-Caramba, caramba. Drill es un niño muy inteligente. Sabe palabras difíciles.
-No sabían cómo atacar, mamá. Drill dice... dice que para ganar una pelea hay que
sorprender a la gente. Y dice también que hay que recibir ayuda del enemigo.
-La quinta columna.
-Sí. Eso dice Drill. Y no sabían cómo sorprender a los terrestres, y no encontraban a
nadie que los ayudara.
-No me asombra. Somos muy unidos.
La señora Morris se rió, retirando los platos. Mink siguió allí, con los ojos clavados en la
mesa, absorta en lo que estaba diciendo:
-Hasta que un día -susurró Mink melodramáticamente- ¡pensaron en los niños!
-¡Vaya, vaya! -dijo la sonriente señora Morris.
-Y pensaron que como los grandes están siempre ocupados no mirarían en los
jardines. ni debajo de los rosales.
-Sólo para buscar hongos o caracoles.
-Y además están las dim-dims.
-¿Las dim-dims?
-Las dims... ones.
-¿Dimensiones?
-¡Sí! ¡Cuatro! Y también los niños más pequeños, y la imaginación... Es divertido oírlo a
Drill.La señora Morris estaba cansada.
-Sí, seguramente. Se está haciendo tarde, y si quieres terminar tu invasión antes del
baño, será mejor que corras.
-¿Tengo que bañarme, mamá?
-Claro. ¿Por qué los niños odiarán el agua? Todos los niños, en todas las épocas de la
historia han odiado que les laven las orejas.
-Drill dice que no tendré que bañarme.
-Oh, ¿dice eso, eh?
-Se lo dice a todos los chicos. No más baños. Y nos quedaremos levantados hasta las
diez, ¡y veremos dos funciones de televisión en vez de una!
-Bueno, el señor Drill se está metiendo en camisa de once varas. Hablaré con su
madre y...
Mink fue hacia la puerta.
-Pete Britz y Dale Jerrick nos dan mucho trabajo. Están creciendo. Se ríen. Son peores
que los papás y las mamás. No creen en Drill. Son así porque están creciendo. Y no se
dan cuenta. Hace dos años eran chicos todavía. Los odio más que a nadie. Los
mataremos primero.
-¿Y luego a tu padre y a mí?
-Drill dice que sois peligrosos. ¿Sabes por qué?
-¡Porque no creéis en los marcianos! Van a dejar que nosotros mandemos en el
mundo. Bueno, nosotros solos, no. También los chicos que viven enfrente. Yo seré reina.
-Mink abrió la puerta-. ¿Mamá?
-¿Sí?
-¿Qué quiere decir lógica?
-¿Lógica? Bueno, querida, la lógica dice qué cosas son ciertas y cuáles no.
-Drill entendió eso -dijo Mink-. ¿Y qué quiere decir im-pre-sio-na-ble? -Mink tardó un
minuto en pronunciar la palabra.
-Bueno, quiere decir... -La señora Morris miró las tablas del piso, riéndose suavemente-
.Quiere decir... ser un niño, querida .
-¡Gracias por el almuerzo! -Mink salió corriendo, y en seguida se detuvo y volvió la
cabeza-. Mamá, espero que no te duela mucho, de veras.
-Bueno, gracias -dijo la madre.
A las cuatro se oyó el zumbido del audiovisor. La señora Morris movió la llavecita.
-¡Hola, Helen! -saludó.
-Hola, Mary ¿Cómo andan las cosas en Nueva York?
-Muy bien. ¿Y en Scranton? Pareces cansada.
-Tú también. Los niños. Me agotan -dijo Helen.
La señora Morris suspiró.
-Mink es igual. La superinvasión.
Helen se rió.
-¿También tus chicos juegan a eso?
-Dios, sí. Mañana se tratará de asnos geométricos o de arbustos motorizados.
¿Éramos así en el año 48?
-Peores Japoneses y nazis. No sé cómo mis padres me aguantaban. Yo era casi como
un muchacho.
-Los padres aprenden a hacerse los sordos.
Un silencio.
-¿Qué te pasa, Mary? -preguntó Helen.
La señora Morris había bajado la vista y se pasaba la lengua lenta y pensativamente
por el labio inferior.
-¿Eh? -preguntó sobresaltada-. Oh, nada importante. Sólo eso. Hacerse los sordos y
esas cosas. ¿Qué estábamos diciendo?-Mi hijo Tim sólo habla de alguien llamado... Drill. Sí, creo que así se llama.
-Debe de ser una nueva contraseña. Mink también está enloquecida con ese Drill.
-No sabía que hubiese llegado hasta Nueva York. De boca en boca, me imagino. Una
moda. Hablé con Josephine y me dijo que sus hijos -en Boston- están entusiasmadísimos
con ese juego.
En ese momento Mink entró en la cocina, dando saltos. Venía a beber un vaso de
agua. La señora Morris se volvió hacia ella.
-¿Cómo andan las cosas?
-Falta poco.
-Magnífico -dijo la señora Morris-. ¿Qué es eso?
-Un yo-yo -dijo Mink-. Fíjate. -Mink dejó caer el yo-yo... Cuando ya llegaba al final del
hilo, el yo-yo... desapareció.
-¿Viste? -dijo Mink-. ¡Hop! -Abrió la mano y el yo-yo apareció de nuevo subiendo por el
hilo.
-Hazlo otra vez -le dijo su madre.
-No puedo. ¡La hora cero es a las cinco! ¡Adiós!
Mink se fue jugando con su yo-yo.
En el audiovisor, Helen se reía.
-Tim trajo uno de esos yo-yos esta mañana. No quería mostrármelo, y cuando al fin
traté de hacerlo funcionar, no pude.
-No eres impresionable -dijo la señora Morris.
-¿Qué?
-Nada. Algo que he pensado. ¿Qué querías, Helen?
-¿Podrías darme la receta de esa torta blanca y negra?
La hora pasó lentamente. El día se desvaneció. El sol bajó en el pacífico cielo azul. Las
sombras se alargaron en los prados verdes. Las risas y la excitación de los niños seguían
como antes. Una niñita se escapó llorando. La señora Morris se asomó a la puerta.
-Mink, ¿por qué lloraba Peggy Ann?
Mink estaba en el jardín, en cuclillas, cerca del rosal.
-Oh, es una miedosa. No queremos que juegue con nosotros. Es demasiado grande
para jugar. Me parece que creció de pronto.
-¿Y por eso lloraba? Señorita, me va a contestar correctamente o se viene para
adentro.
Mink se incorporó consternada y con cierta irritación.
-No puedo. Es casi la hora. Seré buena, mamá. Lo siento.
-¿Le pegaste a Peggy Ann?
-No, de veras. Pregúntaselo. Fue algo... bueno, es una nena miedosa.
Los chicos rodearon a Mink. La niña volvió a trabajar con sus cucharas y un rectángulo
formado por martillos y tubos.
-Así y así -murmuró Mink.
-¿Qué pasa? -preguntó la señora Morris.
-Drill se atascó. A mitad de camino. Si pudiésemos sacarlo sería más fácil. Los otros
vendrían detrás.
-¿Puedo ayudarte?
-No, mamá, gracias. Yo lo arreglaré.
-Muy bien. Dentro de media hora te llamaré para el baño. Me cansa mirarte.
La señora Morris entró en la casa y se sentó en la mecedora automática, bebiendo a
sorbos un vaso de cerveza. La silla le masajeó la espalda. Niños, niños. Niños, y amor, y
odio, todo junto. A veces los niños te quieren, a veces te odian, todo en un instante. Qué
raros son. ¿Olvidarán o perdonarán los azotes, y las duras y estrictas voces de mando?
¿Cómo, se preguntó, puede uno olvidar y perdonar a esos seres de allá arriba, a esos
altos y tontos dictadores?Pasó el tiempo. Un curioso silencio, un silencio expectante, y cada vez más pesado, se
posó sobre la calle.
Las cinco. Un reloj cantó suavemente en algún rincón de la casa con una voz serena y
musical:
-Las cinco... las cinco. El tiempo pasa. Las cinco -Y la voz se hundió en el silencio.
La hora cero.
La señora Morris se rió entre dientes. La hora cero. Un auto-escarabajo susurró en la
avenida. El señor Morris. La señora Morris sonrió. El señor Morris salió del auto, cerró la
puerta con llave, y saludó alegremente a Mink que seguía trabajando. Mink no le hizo
caso. El hombre se rió y se detuvo un momento a observar a los niños. Luego subió los
escalones que llevaban a la puerta.
-Hola, querida.
-Hola, Henry.
La señora Morris se sentó en el borde de la silla. Los chicos estaban callados.
Demasiado callados.
El señor Morris vació su pipa y volvió a llenarla.
-Qué día hermoso. Da gusto vivir.
Un zumbido.
-¿Qué ha sido eso? -preguntó Henry.
-No sé.
La mujer se incorporó de pronto, con los ojos muy abiertos. Iba a decir algo. Se detuvo.
Era ridículo. Se estremeció.
-Esos niños no jugaban con nada peligroso, ¿no es cierto?
-Nada. Sólo caños y martillos. ¿Por qué?
-Nada eléctrico.
-Pero no -dijo Henry-. Me he fijado.
La señora Morris entró en la cocina. El zumbido continuaba.
-De todos modos, diles que basta por hoy. Pasan de las cinco. Diles que...-La mujer
parpadeó y se rió, nerviosamente-. Diles que dejen la invasión para mañana.
El zumbido se hizo más intenso.
-¿Qué hacen? Bueno, iré a ver.
La explosión.
La casa se sacudió con un sordo ruido. Otras explosiones resonaron en otras casas, en
otros jardines.
La señora Morris gritó, involuntariamente:
-¡Vamos, arriba, rápido!
Su grito no tenía ningún sentido. Quizá había visto algo de reojo; quizá había olido un
nuevo olor. No había tiempo para discutir con Henry. No había tiempo de convencerlo.
Deja que piense que estás loca. Sí, ¡loca! Estremeciéndose, corrió escaleras arriba. Su
marido la siguió.
-¡En el altillo! -gritó la mujer-. ¡Allí fue!
Era sólo una pobre excusa para encerrar a Henry en el altillo, mientras hubiese tiempo.
Oh, Dios, tiempo.
Otra explosión en la calle. Los niños gritaron entusiasmados como ante unos hermosos
fuegos de artificio.
-¡No es en el altillo! -gritó Henry-. ¡Es afuera!
-¡No, no! -Sin aliento, jadeante, la mujer siguió corriendo-. Vas a ver. ¡Rápido! ¡Rápido!
Entraron en el altillo. La mujer cerró la puerta, y tiró la llave a un revuelto rincón. Unas
palabras incomprensibles le salían de la boca. Todas las secretas sospechas y todos los
temores que había sentido esa tarde y que habían fermentado en ella como un vino.
Todas las menudas revelaciones y sensaciones que la habían acosado durante todo esedía y que lógicamente, cuidadosamente, razonablemente, había rechazado y censurado.
Ahora estallaban en ella, y le destrozaban las entrañas.
-Aquí, aquí -decía sollozando, apoyada en la puerta. Estaremos a salvo hasta la noche.
Quizá podamos salvarnos. Quizá podamos escapar.
Henry perdió también la cabeza, pero por otro motivo.
-¿Estás loca? ¿Por qué has tirado la llave? ¡Esto no tiene sentido!
-Sí, sí. Estoy loca, si quieres, ¡pero quédate aquí!
-¡No sé cómo podría irme!
-Cállate. Pueden oírnos. ¡Oh, Dios, nos encontraran!
Allá abajo se oyó la voz de Mink. El señor Morris oyó un enorme zumbido, un susurro,
un grito, una voz ahogada. En la planta baja llamaba el audiovisor, una y otra vez,
insistentemente. ¿Será Helen quién llama?, pensó la señora Morris. ¿Y llamará por lo que
creo que llama?
Unos pasos resonaron en el vestíbulo. Unos pasos pesados.
-¿Quién entra en la casa? -preguntó Henry, enojado-. ¿Quién anda allí?
Unos pies pesados. Veinte, treinta, cuarenta, cincuenta. Cincuenta personas andaban
por la casa. Un murmullo. Las risas de los niños.
-¡Por aquí! -dijo la voz de Mink.
-¿Quién anda abajo? -rugió Henry-. ¿Quién anda ahí?
-Oh, no, no, no, no -dijo su mujer débilmente, abrazándolo-. Por favor, tranquilízate.
Quizá se vayan.
-¿Mamá? -llamó Mink-. ¿Papá? -Una pausa-. ¿Dónde estáis?
Unos pies pesados, pesados, muy pesados, subían por las escaleras. Mink caminaba
ante ellos.
-¿Mamá? -llamó Mink-. ¿Papá?
Un silencio, un momento de espera.
Un murmullo. Las pisadas se acercaban al altillo. Mink iba adelante.
El señor y la señora Morris se abrazaron temblando. El murmullo eléctrico, la luz fría y
rara que de pronto asomó por debajo de la puerta, el olor desconocido, la voz
curiosamente ávida de Mink, traspasaron al señor Henry Morris. Allí se quedó,
estremeciéndose, en el oscuro silencio, cerca de su mujer.
-¡Mamá! ¡Papá!
Pisadas. Un ligero sonido. La cerradura se fundió. La puerta se abrió de par en par.
Mink espió el interior dcl altillo. Unas sombras altas y azules se alzaban detrás de ella.
-Cucú -dijo Mink.

18 may 2011

Rebús

Rebuses para Cami Brea
jajajajajajajajajajaja

Laura

La semana pasada vino Laura, narradora, fonoaudióloga y  mamá de Fran a contarnos unas historias increíbles.
Le hicimos un tarjeta de agradecimiento, 
la cual no pudimos entregar 
por razones de conocimiento público.. 
ejem..ejem...(el supertrucho Bruno Díaz)
Por eso aprovechamos este espacio, nuestro espacio, para decirle:
¡¡¡Gracias Laura!!!

Cuento Colectivo

¿Se animan a hacer uno TODOS juntos?

Empiezo yo...


Una mañana como todas,  me desperté con la inusual sensación de que algo extraño ocurría. Pegué un salto de la cama, subí la persiana y confirmé mi presentimiento. Lo que vi fue lo siguiente: ...............

17 may 2011

Tarea:. El sustantivo

1. Utilizá las siguientes terminaciones para formar sustantivos abstractos a partir de los adjetivos y verbos que aparecen más abajo: 
R -ad
R -encia
R -ura
R -ez
R -ida
R -ción
R -idad
Ejemplo: mal - maldad
J vivir: ________________
J oscuro:  _____________
J fascinar: _____________
J maduro: _____________
J blanco: ______________
J llegar: _______________
J venir: _______________
J pálido: ______________
2. Escribí sustantivos abstractos con las siguientes terminaciones:
- itud          -anza           -azgo           -tad             -eza
3. Indicá el sustantivo colectivo que corresponde:        
Ejemplo: Conjunto de libros: biblioteca
Grupo de perros:
Grupo de peces:
Conjunto de Magistrados:
4. Averiguá el significado de los siguientes sustantivos colectivos:
Manga:
Caterva:
Horda:
5. Redactá una oración con cada uno de los sustantivos anteriores.
6. Escribí sustantivos colectivos con las siguientes terminaciones:
- al              -aje             -ado            -amen
Ejemplo: velamen
7. Indicá con ayuda del diccionario qué diferencia de significado hay entre los siguientes sustantivos colectivos referidos a personas. Utilizá luego cada palabra en una oración distinta:
Muchedumbre
Humanidad
Multitud
8. Averiguá el significado de las siguientes palabras:
La editorial
El editorial
La parte
El parte
La pendiente
El pendiente
La delta
El delta
La frente
El frente


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